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Terra
La Coctelera

Solo

Mírame, viento vulnerado,
que ya no soy ni terciopelo ni espada,
ni verde trigal ni sed de esperanza,
apenas nada más que un escalofrío de delirio
en la noche iluminada,
devastado temblor de un deseo
que nunca será armonía, sino impotente estertor.
 
Mírame a través de la roja urdimbre de la palabra,
del halo de lluvia que cala mi voz;
que la crueldad más desnuda envuelva tu mirada
para que destilen redención mis estigmas.
Que las manos vacías de un futuro ajado
puedan descansar en mi pecho,
y la húmeda promesa sea erial en mis entrañas.
 
Porque el amor fraterno de oscura herida
nombra a los proscritos del tiempo,
fragua mineral en la sangre,
y forja, en los labios,
metal.
 
Mírame, viento quebrado de brisa,
que yo me vestiré de ausencias aladas,
tal vez, de frio invierno;
siempre, de lunas medidas,
y de madrugada en el mar.

Cosquillas

Quién no ha despertado al día entre risas,
una mano que entra bajo las sábanas
buscando las plantas de tus pies,
quién no, di, quién no ha sido niño.
Me perdí la otra noche,
no me preguntes dónde ni por qué:
los huesos pesados,
el dolor en las falanges;
fui un ser calcáreo sin forma precisa
mordido en los talones por el tiempo y sus espacios,
solo, muy solo, muy abandonado.
Hay espadas que debieran permanecer envainadas,
olvidadas en su original sedimento mineral,
formas que no saben de su bien ni de su mal.
Al salir el sol,
hoy dama entre gasas de nubes,
me desnudé del modo que tan sólo tú conoces:
en cuerpo y alma
para fundirme, ocre-verde-azul-rojo,
entre tierra y mar,
abriéndome camino entre nubes de golondrinas,
abriéndome camino desde lo oscuro a la luz;
descarnado entre en la boca, herida, sexo
de una caracola de mar,
añorando tu ausencia,
añorando tu presencia,
escurriéndome sobre un tobogán de nácar.
Soy el auriga que contiene los corceles
el añil de la ansiedad,
el blanco de la esperanza,
el azabache de la egolatría,
el azul de la utopía;
entretanto sobre los cuencos de mis manos
gotean minutos y horas,
días y semanas,
meses y años,
abrazando tu cintura,
danzando en la sala de los mil espejos,
entre violines y redobles de Ravel,
mientras perfumas con tu sonrisa
la duda de cualquier distancia.
Y de nuevo somos niños,
Encogiendo piernas,
escondiendo pies,
para no morirnos de la risa.

Ya llega

“Nadie influyó en ello.
Abrió los ojos como quien abre la puerta que da a la plaza mayor
en pleno medio día de agosto;
el fogonazo de luz le cegó,
quizá, no lo sabía, comenzaba a ver.”
“Qué no daría yo por ver en tus ojos renacer a cada día el amor,
borrando de tus huesos y alma todo el cansancio.”
Despierta,
entre codo y muñeca,
un imparable hormigueo,
bucea el buzo por la calle mayor,
escotes volátiles a golpe de abanico,
florecen las macetas,
geranios, claveles, rosas,
bajo las uñas de los balcones.
Hoy, ahora, con este bendito sol,
florecen las mujeres
desprendiéndose de sus refajos:
¡que vienen curvas!
grita el pregonero mayor.
El músculo-reloj,
que llevo hendido en el pecho,
retoma un nuevo ritmo;
mis ojos son frescas raíces
que contemplan la nueva creación,
la de ver una golondrinas tomando,
más numerosas día a día,
los cielos de la calle mayor.
Y si cabe, pido perdón, es otra hora,
una nueva hora
que no viví antes,
es la gota de helado de fresa
que resbala por tu comisura,
retorciéndose por tu cuello,
buscando el valle que forman tus senos.
La dama loca, oca dama,
de bata blanco y pelo escarpia,
suda envidia y odio,
¡Ay, niña!
No te quedes prisionera
de sus arteras pupilas sin alma.
¡Vuela, vuela, vuela!
Volemos con las golondrinas,
bordando figuras en este apastelado cielo.

Sigo sin saber

¿A qué o quién pertenecen los seres alados?
La cama es un desierto,
una yerma tumba
de la cual hay que huir una vez descasado,
sobre todo cuando desde su horizonte
llega el seísmo de la soledad,
el sudario frío de la duda,
la perdida del equilibrio
entre lo soñado y la razón.

Y así lo dan a entender las aves de estos cielos,
alegres y filosóficas, tras estas persianas.
Bajo mis pies de barro,
entre las articulaciones de esta marioneta que soy,
en los nudos de raíces de estas manos
-¡ser desenraizado, perdido,
marinero que no busca tierra!-
se comprime y atenaza un temblor:
de años, de luces y sombras.
Tendré que rasurar este rostro
del cual me he olvidado durante tres días,
rodar la losa de la íntima tumba,
para encontrar más allá de este sol
una luz que me indique de nuevo el camino.
¡Tengo hambre, y miedo, y confusión!
¿Es todo lo que me podías dar?

Hoy, si es que algún día supe algo,
sé que no se nada,
que no merece la pena, ya no,
buscar lejos;
miraré entre los guijarros y la arena,
puede que ahí brille, por un instante,
la respuesta que estaba implícita
en mi muerte-nacimiento.


La mañana y sus pájaros
me devuelven a la realidad
de todo lo efímero y frágil.

Si Pudiera

De poder disculpa
este crepitar de hojas secas,
la queja de la leña al ser fuego,
el bizqueo de estos ojos
atrapados por el cansancio,
el estrujar horas en la batidora mental
mientras un ángel invisible,
siempre frente a ti, a tu costado,
abre sus alas de cristal,
cormorán de los eones,
de los paisajes sin tiempo.

Tendrás que perdonar
el que termine hoy, ahora una época,
y la vida de tantos seres sintientes,
tendrás, de querer,
que absolverme de todos mis pecados capitales,
de todos los veniales,
de estos nuevos pecados que crea el Pontífice
para estrechar las puertas de su cielo,
y ensanchar las de todos sus infiernos:
del más allá y del más acá:
vistos desde la estrechez redondeada
de su rosado, inmaculado ombligo.

Yo que nací del amor mundano y su pecado,
que crecí entre las telarañas,
mallas de luz y vidrios irisados después de la lluvia,
hijo de mujer y hombre: huesos, sangre, carne,
aplaza con tu abrazo mi condena,
borra de la piel íntima del corazón toda pena,
descose estos oídos,
estos ojos,
esta boca y su lengua,
permite que, una vez más,
crezcan en mi espalda
las corneas, huecos huesos, plumaje
de mis alas de inmortal mortalidad.

Planeo al amanecer sobre tus tierras,
perdido en la idea del hallarte y ser hallado,
estatua de piedra y bronce,
muda, vigilante sobre todos las azoteas.

La duda

Rozan las yemas de los dedos,
palio de noche en blanco,
la piel rosada de vuestras cuerdas vocales:
rojos sonidos, ocres de soledades,
de silencios fulleros,
envites como astas de toro,
provocación de olas
llegadas de resecos mares.

En esta travesía,
qué más da si fue noche o día,
recibí un certero mazazo,
crujió mi frontal,
se desplazaron mis parietales,
una serpiente eléctrica,
sigilosa y a oscuras,
cruzo el espinazo:
¡Por Dios!
¿En qué mi presencia os ofende?
Sabed que voy de regreso de donde vine:
al regazo de todos los mortales.

Esta quietud que no aplaca mi inquietud,
esta enfermiza ansia,
fuego griego que todo lo abrasa;
estos ojos quemados,
esta mente reloj que no para:
arenas movedizas bajo el sol,
arenas, arenas en cada zapato
que entorpecen el paso, si acaso,
del ir más allá, en el acá,
en cada terrible ocaso:
mi ocaso, el de todos.

Fui atravesado por inoportuna,
quién sabe, saeta,
desde entonces llevo bajo el brazo
el compendio de todas,
de cada una de las dudas;
invoco lo que resta de divino en lo humano,
obteniendo a cambio otro espasmo de silencio,
una contracción, dolor, en cada renacimiento.
Hermana, hermano:
¿de tenderte la mano
hallaré en la tuya un puerto?

Dos latigazos

Cruza mi espalda el primer latigazo:
tiempo que se ha tragado el asfalto de la ciudad,
tiempo que ha sido bebido por las arenas,
olas salmodiando dioses innúmeros,
a la fresca, rizada orilla del mar.

A la entrada de la caverna de esta sociedad
recojo briznas de silencios que se perdieron
entre grito y grito, entre palabra y palabra,
ahora, tenacitas de relojero, estoy desenclavando
cada púa de guitarra muda de canción no cantada.

Cruza mi frente el segundo verdugazo,
aroma de rosas y translucido “Chanel 5”,
tras cada espuerta, por donde cruza este río
espero desnudo otro atardecer-amanecer,
que no cree distancias entre tus labios y los míos.

Espero, sin esperar, acariciando tu rostro dormido
como esta renacida primavera
funde las placas de mi coraza de quelonio;
níquel de autómata que se humaniza
a cada empuje del latir de tu corazón.

Y me callo por callar,
recojo las piezas rotas
para recomponer un ser nuevo,
para así merecer esta y otras vidas,
viviendo sin molestar ni ser molestado.

¡Ay, Dios! Que pena,
los que me quisieron crucificar
me dieron alas.

Pensamiesto

Aturdimiento al despertar, un día único, una hora cierta, acaso un minuto certero.

En ocasiones los corderos rompemos nuestros silencios; entonces los elementos callan atentos y observan como la furia, eléctrica ecuación, mana de nuestras venas infiltrada en tendones, músculos, garganta (grito congestionado que pugna por aflorar)... en este instante somos esa palanca que puede en un nanosegundo mover el Universo, somos el dormido guerrero de mirada lechosa y ciega que avanzará a pesar de que la muerte le llame.

Manan hacia los ríos más caudalosos del hemisferio sur de Asia las aguas de los sangrantes glaciares tibetanos; del mismo modo los años de esta vida fluyen, con todas sus horas y días, hacia el río que me llevará a la mar de Don Antonio Machado.
Fluir tupido y espeso de la sangre en la mente, destilación cálida, ciega, de cadalso frente a la vida, de alegría y renuncia cara a cara con lo inevitable, con lo evitable.
Abierto, desnudo oasis de paz cuando mi epidermis, dermis, carne, sangre, huesos y médula se funden en el compendio de tu carnalidad y espiritualidad; lagos de sal que fluyen a través de la ventanas de mis ojos, siempre bajo el tic-tac del péndulo de la incuestionada alegría.
Soleado día, a penas cuatro años, me están llamando y me hago el sordo correteando por el verde bosque de altas cañas de azúcar; Tuno, el perro de caza de mi tío, me sigue a todas partes, también se hace el sordo huyendo conmigo al mundo de Nunca Jamás; el espejo del cielo refleja el fugaz instante de nuestro irrepetible existir de felicidad plena, sin ambages, sin refajos, sin gasas que momifiquen nuestros sentidos. Cuando caiga este sol de justicia nos plantaremos cansados los dos bajo el dulzor oscuro de la parra del porche, abrazaré a mi tía por el cuello, la besaré frente, mejillas y me perdonará.
Sobre las rejillas de lava pétrea de mi volcán yacen dormidas tres diosas, lira, flauta, guitarra en su regazo, esperando que mis erupciones solares las alcancen por un instante. Razón tenía el poeta cuando dijo que los dioses nos envidian por lo efímero y glorioso de nuestro andar.