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La Coctelera

Paseando Por El Barrio

    

24 Marzo 2006

Al despertar no...

Hoy no recordé al despertar lo soñado, ni el penúltimo golpe, puñalada, coz; alejado y próximo ofrecí al mundo el rostro, sin muecas, sin risas, sin llanto, desprovisto de orejeras y antifaz, carente de larvados odios y rencores, desnaturalizado de mi propia naturaleza, bruñida mi costra de insecto bajo un sol que atesora su calor de horas tras la mirilla del horizonte mediterráneo.
Recorté las legañas y pestañas con tijeras para que puedas beber mejor de lo que asoma tras mis mortales ojos, te ofrezco este inaudible e inasible pedazo de eternidad que te envuelve, papel celofán, para aislarte de la maldad de las cruces sin crucificados, de las murmuraciones sin difamados, de los fríos bancos de piedra que acogen los huesos de los desheredados, de esos ojos de mirada de pescado que pretenden desvalijar tu humanidad, de estas piedras que rolan tejado a bajo pretendiendo lapidar tu dermis y limpiar tu alma de inexistente pecado, salvarte de aquello que fuiste y no has dado, de aquello que diste siéndote doloroso.
Quién sino tú, quién sino yo sabemos de qué y quién eres a cada despertar renovada luz en el escuálido pasillo de la oscuridad.
Y mientras el embolo-péndulo, del único tiempo, pauta el ritmo de la sangre, te ofrezco en bandeja de mimbre y coral esta resiliencia que provoca la chispa de pedernal que invoca al fuego en tu pecho, este mediante el cual arrasarás la vulgaridad de todas las moradas.
Y ya no te babearan las carnes estas miradas, ni te llenarán de moratones sus gratuitas agresiones, ni te desmayarán sus alientos de cloaca, ni te pensarán sus cortas mentes envueltas en cortas miras de hielo-metal.
Ahora, pues: ¡anda! toma de este día lo que ya te debe, vive como quien eres y no serás jamás atrapada en falsas redes, jamás cosida y sangrada por sus alfileres de cristal, estos que portan pegados a sus lenguas de primitivos reptiles sin piedad.
En la calle veintitrés viven y se emborrachan los ajados Donjuanes, guardando serrallos y hermosas cárceles cosidas de promesas, de “te quieros” bordados a bofetones y cuchilladas.
Sin embargo, en el edificio, esquina con la calle del sol, tan solo reina la confusión de mi soledad;
no temas entrar en él, hallarás allí la caricia tierna y cálida que precisa tú corazón.

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