Miraba cada rincón, rebuscaba en los cajones, abría y cerraba estantes, armarios, baúles. No aparecía. Sabía que debía estar en casa, en alguna parte, oculta, traspapelada. Posiblemente a la vista, porque las cosas, cuando se pierden suelen estar ante nuestras narices y por alguna especie de hechizo o sortilegio se vuelven invisibles.
Mientras continuaba con la frenética búsqueda de su particular grial intangible repasaba mentalmente la cadena de actividades que había realizado desde la última vez que la tuvo en sus manos, pero era incapaz de recordar el momento exacto, ese maldito instante en el que había desaparecido. Una vez perdió las gafas. Estuvo durante horas examinando los lugares habituales donde solía dejarlas hasta que empezó la búsqueda en los “sitios muertos”, esas zonas que uno sabe que están ahí pero que la cotidianeidadad te lleva a ignorarlas: un altillo, un costurero, una repisa llena de polvo, detrás del escritorio, bajo la cama.
Llegó a rebuscar en el frigorífico, por si acaso. Hasta que el perchero del recibidor le dio la respuesta. Estaba impresa en el espejo que escoltaban los colgadores para la ropa de uso frecuente: las llevaba puestas. Son cosas que pasan. Te acostumbras a los objetos de tal forma que acaban formando parte de ti mismo.Pero la maldita carta no aparecía por ninguna parte y el segundero avanzaba implacable hilando el tejido de los minutos que conformaban el vestido de tarde. Porque llegaba tarde a la cita. Y su vida (créanme) dependía de ese trozo de papel.La mañana eclosionaba de su pupa infantil para tornarse en mariposa de mediodía.Su mente era una fiesta de ruidos y gritos ahogados, de imágenes en slowmo. Una infernal sucesión de fotografías tridimensionales en blanco y negro proyectadas con una lámpara de un millón de vatios en la pantalla de sus retinas. El día del anuncio, el dingdong del timbre, y aquel cartero que no tuvo necesidad de llamar dos veces para entregarle el finiquito de todos sus actos. Sentía cómo sus dedos rasgaban el sobre para extraer de la matriz oscura el nacimiento de una galaxia de nadas que significaban un todo infinito, recordaba el gemido de sus ojos recorriendo cada línea de la epístola, el calor de las lágrimas resbalando por sus mejillas, el temblor de sus manos, el horrísono estruendo de su garganta que enhebraba un grito mudo e inmenso, un grito que no podía dejar escapar porque el mundo se quebraría en millones de pedazos ardientes.
El amor llega y nos deja un surco imposible de rellenar en el campo de los sentidos. Una herida honda que nunca cicatriza. Porque el amor es dolor, porque anhelas poder conjugar los verbos ser y estar en cada una de las formas de la persona amada y ese sentimiento, ¡ay, amigo mío!, ese sentimiento es un anhelo imposible. A veces lo maquillas, lo decoras, lo cubres con flores secas y páginas rasgadas de viejos libros, lo almohadillas con tactos, sensaciones, sentimientos, pasos, rizos, besos, lágrimas, risas, abrazos, encajes de viento y trozos de almohada. Otras veces se disfraza de rutina, un hasta luego engarzado con un ¿qué hay de comer?, ¿dónde están los niños?, ha llegado la factura del teléfono.Pero la herida persiste y la sientes a cada paso que das, en cada sueño que generan las noches de enero, hasta que una mañana despiertas y descubres que la serenidad habita en el fondo de los ojos de esa mitad de ti que comparte los espacios por los que rondan tus sombras. Y es entonces cuando el desgarro, el surco, la herida, comienza a cicatrizar para serenarte y te obliga a dar gracias a todos los dioses por haber tenido la suerte infinita de que ella dijera que sí, cuando la invitaste a tomar un café en el bar de la plaza.
Pero todo acaba y no se dan las excepciones. Los que creen en un más allá albergarán la esperanza del reencuentro. Los que no creen se dejarán morir porque la vida deja de tener sentido cuando te arrancan las vértebras y los ventrículos. Y aquella carta era el aviso último,la tabla de salvación, la gracia concedida por un azar loco y caprichoso que se divierte jugando con los destinos de los mortales y que tiene un hermano aún más cruel y desalmado que se entretiene trastocando el mobiliario de tu avatar para que no encuentres taxi en una mañana de lluvia, para que pierdas el último autobús una noche de sábado, para que cierren la caja justo cuando llegas con el carro cargado hasta los topes de botes de tomate frito y habichuelas congeladas(que por más que las plantes no son mágicas ni sirven para encontrar castillos inmensos habitados por ogros estúpidos). Para que la tabla, el oasis, la última oportunidad en forma de carta se pierda en un infierno de cosas acumuladas, inútiles, que no se sabe muy bien por qué las compraste ni para qué sirven.La esfera enarcaba las cejas malévolas de las dos menos diez. En cuarenta minutos se cumpliría el plazo. Pero no recordaba el nombre del restaurante. Aquel papel, reminiscencia de un pasado en el que la gente aún escribía cartas a mano y las enviaba con un sello por correo ordinario, contenía la clave de todo. La última salida. La única posibilidad. Ella le había citado. El día tal a tal hora en tal sitio. Pero él era un desastre para recordar los nombres de las calles, de las tiendas, de los pueblos y de los restaurantes. Además ni le sonaba, porque nunca había estado allí, ni siquiera recordaba la zona de la ciudad en el que estaba aquella calle,también desconocida. Si faltaba a la cita perdería todas sus oportunidades, sería el final de todo.
Cuando ella se marchó no dijo cual sería su destino. Durante todo un año él estuvo indagando por todas partes por ver si encontraba un indicio, una pista, algo que le dijera dónde estaba. Pero todo fue en vano. Ni sus amigos, ni sus familiares, ni los conocidos, nadie sabía nada y si alguien tenía conocimiento de su paradero no se lo dijo. La mayoría le dieron con la puerta en las narices. Los amigos íntimos le daban palmaditas de consuelo pero en su fuero interno sabían que no tenía más que lo que se merecía. A fin de cuentas su comportamiento con ella había sido el de un imbécil de primera categoría, siempre anteponiendo su trabajo, que no era capaz de apreciar el valor de la mujer que tenía al lado. De la suerte que había tenido y de lo mal que gestionó la heredad que le otorgó la providencia.
Finalmente, llamaron a su puerta para entregarle el sobre. Tenemos que hablar, decía la tinta que sus dedos habían guiado por las líneas del papel, y te quiero, concluía el cuerpo principal del escrito. Sin embargo, en las cláusulas, especificaba que no habría un segundo tiempo y que tendría que convencerla con hechos de que valía la pena el esfuerzo. Por supuesto, la carta no tenía remite.
Carecía de matasellos porque ya los sobres venían prefranqueados. Sobres verdes. De esos que financiaban la siembra de nuevos árboles. Un signo inconfundible de su personalidad y un símbolo de esperanza envuelto sutilmente en un rectángulo de papel reciclado. Llegaron las dos y media y salió desesperado a la calle. Tardó más de media hora en encontrar un taxi, por supuesto. Intentó previamente llamar a las compañías de radio taxis, pero comunicaban todas, por supuesto. Al final su móvil se quedó sin batería, por supuesto. Cuando por fin subió al vehículo negro y amarillo le dijo al taxista que le llevara a restaurantes poco conocidos y el hombre le miró como si estuviera observando a un borracho. Tras de una hora de búsquedas, entradas y salidas de todos los establecimientos que pudieron hallar, se sentó junto al taxista, desesperado, hundido, roto. Sacó la cartera para abonar la carrera. Y allí estaba. Doblada en la billetera.
La carta. Restaurante “Las leyendas”. En la calle Gustavo Adolfo Bécquer. Por supuesto. El nombre del primer libro que le regaló en la calle del autor de aquellas páginas. Le dio la nueva dirección al taxista y el hombre le dijo que estaban muy cerca de allí.Cuando entró en el restaurante la buscó por todas partes, pero no la vio. Preguntó a los camareros si habían visto a una mujer sola, sentada a una de las mesas, esperando a alguien y les dio su descripción. Le dijeron que sí, que hacía diez minutos que se había marchado.Por supuesto.
El amor llega, deja una herida que nunca acaba de cicatrizar y cuando somos conscientes de ella, la mayoría de las veces, nos percatamos de que el dolor no cesa y que hemos perdido la receta que lo mitigue. Porque la estupidez es egoísta, mezquina, olvidadiza. Y nos lleva al abismo de la perdición y el abandono.
A las nueve en punto de la noche preparó una tortilla, una ensalada de tomates, zanahorias y maíz. Se sirvió una copa de vino barato y con el caldo, se tragó la carta como postre. A las diez se puso a charlar, tristemente, con su propia sombra.