Niebla para las almas perdidas,
herramienta de camuflaje
que oculte todas las vergüenzas.
Por la Voz los elegidos perdieron el Reino,
abandonaron sus pertrechos,
llenaron alforjas con hojas de parra para el camino
y dejaron a la ladina serpiente
con dos palmos de manzanas
y los colmillos rellenos de licor de ciruelas.
El Ángel,
guardián de los verdes prados,
apostaba sus alas a los dados
con un atajo de tránsfugas celestiales
y no anotó en el libro de registro
la salida de los deslenguados.
Más tarde le arrancaron los galones
y le concedieron un destino insulso
como guarda de una finca de avutardas sordas.
Tal vez fueran mirlos amarillos.
Sordos, en cualquier caso.
Eva coloreó sus mejillas
con esencia de cerezas sin rabo.
Adán escrutaba los bordes del sendero
en busca de grietas, grutas o catedrales.
Les sorprendió la luna menguante
en medio de la indiferencia forzada
y como su sonrisa era tan pícara
la pareja comenzó a descubrirse de soslayo.
Adán sin costilla.
Eva sin cobertura.
Ambos sin saldo.
Nada hay más apropiado para el encuentro
que un traspiés a causa de la penumbra.
Adán se pisó los labios
y Eva le acogió en su seno
para evitar una caída deshonrosa.
En medio de la refriega
llegó el otoño al valle de sus ingles cubiertas.
Ella descubrió de repente el milagro del tubérculo,
él la delicia de las fundas a medida.
Los dos,
las combinaciones numéricas del sexto mandamiento
con la novena enmienda.
Adán compuso una alfombra floreada
con los cabellos de Eva.
Eva trazó meridianos verticales
en la topográfica espalda de Adán.
Tres veces, tres,
buscaron las fuentes de sus bocas,
los enjuagues de sus cuerpos,
las mandarinas de sus estancias
y culminaron la refriega
con el bordón de la mañana
tañendo los albores de la tierra.
La Voz dijo algo
sobre ganarse el pan con el sudor de no sé dónde,
que si habían perdido el Edén
por una historia de árboles sabios
y hortalizas prohibidas
(tal vez se refiriera a una marca de zumos,
o a un determinado tipo de refrescos).
No lo sé.
No os lo podría decir con seguridad,
porque los testigos de aquella escena,
divina de la muerte,
estaban enfrascados en adorar a su Dulce Señor
dando buen uso de las delicias
con las que Él había dotado
a sus respectivas anatomías.
Ella encima,
él debajo,
o al revés.
Ya os digo.

¡Aleluya!
Flores en el pelo.