Mi abuelo fue un hombre bueno, de la estirpe machadiana.
Un compañero que aportó la risa de campanillas a la letanía de sufrimiento desgranada por su mujer, un padre que calmó pesadillas y acarició las frentes febriles, un ameno conversador que convertía en tertulias y consultorios sus transacciones de tejidos con orondas señoras que tomaban asiento en la tienda, como para tomar café, y elegían las telas con las que confeccionarían su vestuario de temporada y decorarían sus hogares. Y la labor de escoger con mimo y conocimiento las telas, medirlas, cortarlas y empaquetarlas, se convertía en la obra del artista, en el trabajo más perfecto, sereno y sosegado del mundo.
En sus últimos años, seguía llorando sin pudor, plantado en medio de la calle, y agitando la mano, cuando emprendíamos el viaje de vuelta tras nuestra estancia en Sevilla.
Pero también había aprendido que la felicidad consistía en decir "no", en volver a fumar tras una abstinencia de veinte años, en tomarse una ginebrita como aperitivo, y enfrentar, con su calorcito, la tormenta doméstica que le aguardaba. Sus nietos se regocijaban invariablemente al contemplar la escena, se adelantaban a los argumentos esgrimidos por los cónyuges, a las réplicas y contrarréplicas, para rubricar con un animoso y quedo "Sí, abuelo", el alegato final que el acusado pronunciaba mientras se guarecía en su salita de estar: "¿Es que un hombre no puede tomar una copita con sus amigos?.
¡Y no estoy mareado, María!".
La exasperación de mi abuela alcanzaba su cima durante la Semana Santa, pues a todas las rarezas que su marido había adquirido con la edad provecta, -lo que ella denominaba, implacable, "chochear" -, se sumaba la propia de la estación, que consistía en ensordecer al vecindario con su repertorio de marchas procesionales y saetas, emitidas por un radiocassette desvencijado que ya no recordaba su primitiva función de reproducir, y se limitaba a distorsionar.
El inmueble donde vivían mis abuelos cobijaba un asilo de la tercera edad camuflado, por lo cual, las llamadas al servicio de urgencias a causa de taquicardias y arritmias severas a la hora de la siesta, debieron ser frecuentes. Mientras mi abuela irrumpía como una gorgona con rulos en la amena salita, sus gritos ahogados por las cornetas desquiciadas y la mano en el corazón, el primo capillita aullaba enfebrecido: "Abuelo, abuelo, es Estrella Sublimeeeeee", y la abuela detenía la carga durante el instante necesario para farfullar: "Tú si que vas a ver una estrella sublime como no te calles". Y, entonces, el abuelo se encogía de hombros y afirmaba: "María, pero si el volumen está muy chico".
Mi abuelo murió un verano de hace muchos años, lentamente,expulsando sus entrañas. Mi madre le devolvió en su agonía todo el amor que recibió durante su infancia, acompañó su último estertor y amortajó con delicadeza sus restos. Y cuando regresó la primavera, mi familia se reunió en su casa de Sevilla. Era Jueves Santo, y estábamos asomados al balcón y a las ventanas esperando la salida de Los Negritos, la hermandad a la que perteneció mi abuelo toda su vida, y cuya capilla se encontraba al otro lado de la calle. Sus nietos ya éramos adolescentes, y vivíamos en ese intervalo de la vida, entre la niñez y la madurez, en el que es vergonzoso llorar. Así que nos ahogábamos en lágrimas secas, mientras observábamos con suficiencia los ojos emborronados de nuestros mayores. En ese momento, el paso del Cristo de la Fundación, prodigio de sobriedad barroca, enfilaba la calle Recaredo con la cadencia rítmica que imprime la liberación del ángulo, y al llegar a la altura de nuestras ventanas, el aire que besaba sus costados se detuvo, y nuestro aliento también. El paso comenzó a efectuar una maniobra inesperada: se quedó parado, sostenido por sus costaleros, y de manera casi imperceptible fue trazando un giro de noventa grados. Lentamente, se situó frente al balcón, mientras la calle se anegaba de silencio, y se posó sobre el asfalto. Por primera vez en mi vida sentí la transparencia del tiempo detenido en un instante infinito, en un espacio sin latido.

En ese instante hubiera querido reconstruir la por aquel entonces mi fe quebrada y devolver la mirada al Cristo que nos miró.