Mírame, viento vulnerado,
que ya no soy ni terciopelo ni espada,
ni verde trigal ni sed de esperanza,
apenas nada más que un escalofrío de delirio
en la noche iluminada,
devastado temblor de un deseo
que nunca será armonía, sino impotente estertor.
 
Mírame a través de la roja urdimbre de la palabra,
del halo de lluvia que cala mi voz;
que la crueldad más desnuda envuelva tu mirada
para que destilen redención mis estigmas.
Que las manos vacías de un futuro ajado
puedan descansar en mi pecho,
y la húmeda promesa sea erial en mis entrañas.
 
Porque el amor fraterno de oscura herida
nombra a los proscritos del tiempo,
fragua mineral en la sangre,
y forja, en los labios,
metal.
 
Mírame, viento quebrado de brisa,
que yo me vestiré de ausencias aladas,
tal vez, de frio invierno;
siempre, de lunas medidas,
y de madrugada en el mar.